Carta
de Mons. del Portillo, 28-XI-1982
en Rendere amabile la verità: raccolta di scritti di
mons. Álvaro del Portillo. Pastorali. Teologici. Canonistici. Vari, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1995, pp. 48-90.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Continua acción de gracias
1. De todo corazón, damos gracias a Dios y a la Santísima Virgen con motivo
del solemne acto por el que Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, ha erigido la
Obra en Prelatura personal y ha aprobado sus Estatutos. Al pensar en este Codex
iuris particularis, me llena de alegría haceros
notar que también aquí se repite la lección perenne de nuestro Padre, que quiso
siempre ocultarse y desaparecer: estos Estatutos de la Prelatura,
que ahora ha sancionado el Papa, son los que nuestro queridísimo Fundador
redactó personalmente y la Santa Sede aprobó en 1950. Han sido ahora nueva y
definitivamente aprobados por el Sumo Pontífice, con las modificaciones que durante las sesiones del Congreso General empezado en
1969, introdujo también personalmente, y con el impulso del Santo Padre Pablo
VI, nuestro Fundador, para adaptarlos a la nueva figura jurídica que el Señor
quiso desde 1928 para su Obra. Se ha coronado así este largo camino que el
Señor ha ido marcando a su Obra, y que está sellado por la entrega sin límites
de nuestro Padre a las abundantes gracias recibidas del Señor. Laus Deo!
Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Dad gracias al
Señor por lo bueno que ha sido con vosotros, conmigo y con todos. Si hacéis un
favor a una persona, y os da las gracias, ¿no estáis más inclinados a seguir
ayudándola? Pensad lo que hará el Señor, que nos quiere tanto, si ve que le agradecemos
todo lo que hace por nosotros, todo lo que nos ha dado, hasta esos beneficios
que no conocemos. Pasarán los años y veréis muchas cosas que yo no podré ya
contemplar en la tierra -he visto tantas, ¡tantas!-, y no cesaréis de
agradecerlas al Señor.
La oración del Padre en estos últimos tiempos es de dar gracias a Dios por
todo: por la fidelidad a vuestra vocación; por la fragilidad vuestra y la mía,
que necesitan mucha gracia de Dios y mucha humildad; por todo lo que el Señor
nos ha dado, nos está dando y nos dará; porque tiene el amor de un padre, con
un poder infinito y una inmensa sabiduría.
Os aconsejo que llevéis una vida de acción de gracias. Mirad, todo lo que
tenemos -poco o mucho- se lo debemos al Señor. No hay nada bueno que provenga
de nosotros. Si alguna vez os llenáis de soberbia, dirigid la vista a lo alto y
veréis que, si algo noble y limpio hay en vosotros, se lo debéis a Dios (…).
¡Qué bonito es lo que decimos cada día en las Preces! Podéis emplearlo como
jaculatoria: gratias tibi, Deus, gratias tibi! Porque, si damos
las gracias, Dios nos entregará más; pero si nuestra soberbia se apropia de lo
que no es nuestro, nos cerraremos para recibir la ayuda del Señor.
2. Hijos míos, estas palabras de nuestro Padre me parecen escritas para
expresar lo que deseamos manifestar al Señor en estos momentos. Todos, a una
con nuestro Fundador, elevamos el corazón a la Santísima Trinidad, con un
encendido cántico de acción de gracias y con el propósito decidido de llevar
una vida de acción de gracias, una vida entera agradeciendo lo bueno que el
Señor ha sido con nuestro Padre y con toda la Obra.
El Te Deum que hoy alzamos a Dios
no puede ser la flor de un día de júbilo. Ha de tener, como letra perenne,
esos endecasílabos de Amor de Dios en que nuestro Padre
deseaba que convirtiéramos la prosa de cada día. Es decir, este nuevo y solemne
reconocimiento de la Obra por parte de la Iglesia ha de imprimir en nosotros,
para siempre, la fuerte marca de almas agradecidas.
Como os acabo de recordar con palabras de nuestro Padre, hemos de
llevar una vida de acción de gracias. Así daremos cumplimiento cabal a la
aspiración que el Señor fijó en el alma de nuestro Fundador: Dios nos ha
concedido tantas misericordias, ut in gratiarum
semper actione maneamus!, para que perseveremos siempre en acción de
gracias a la Trinidad Beatísima, de quien todo bien procede.
Motivos de agradecimiento
3. Deseo que consideréis conmigo cuál es el motivo profundo de nuestro
agradecimiento, cómo ha de manifestarse esta gratitud en nuestra vida, y qué
hemos de hacer para perseverar en una continua acción de gracias. Este es el
objeto de mi conversación con vosotros.
El motivo profundo de nuestro agradecimiento no se reduce solamente al paso
importantísimo de la aprobación por el Papa de la configuración jurídica que,
para el Opus Dei, quería nuestro Fundador, sino que se fundamenta en todo lo
que este acto pontificio ha comportado para nosotros, a lo largo de estos años
intensos, duros, felices, de espera y de unión con Dios. La Obra, firme,
compacta y segura, bien unida a nuestro Padre en la misma intención, ha
rezado, ha sufrido, ha esperado, ha trabajado. Y esto ha significado un inmenso
bien, para el Opus Dei, y para la Iglesia entera, pues únicamente nos mueve el
espíritu de servicio a esta buena Madre.
Pero, sobre todo, estos años guardan el tesoro de un denso quehacer de Dios
en el alma de nuestro Fundador y en la historia de toda la Obra. Dios tomaba
constantemente la iniciativa, demostrando una multiforme actividad en el
corazón y en la mente del Padre, y de la que nosotros, sus hijas e hijos, nos
hemos beneficiado. ¡Dios se ha lucido!, ha hecho una de las
suyas, con su constante y apretado trabajo, conduciendo a nuestro Fundador
-y a la Obra, que era una sola realidad con su vida- con su paso divino.
Contemplad, pues, en toda su grandeza y profundidad, el inmenso caudal de favores
divinos que hemos de agradecer, y el modo santo con el que nuestro Padre ha
secundado esta acción de Dios, palpitante de gracias y de llamadas. A pesar de
nuestras miserias personales, la Obra ha caminado al paso de Dios.
Nuestro Padre ya cogió este compás heroicamente desde los comienzos: en medio
de una soledad acompañada por Dios, le tocó afrontar lo más
duro de estos repechos por donde el Señor nos dirigía. Lo nuestro era seguirle,
todos a una, ajenos quizá a las espinas que se clavaban en su alma a cada paso.
4. Ved, principalmente, por tanto, al agradecer esta nueva caricia de la
Iglesia, el conjunto enorme de beneficios divinos que el Opus Dei ha recibido
de la misericordia de Dios durante estos largos años; fijaos en el constante y
silencioso quehacer del Señor en el Padre y en la Obra. Así nos reafirmaremos
en la profunda persuasión de que la Obra, como repetía nuestro
Padre, no la han inventado los hombres, sino que es de Dios.
Hijos míos, mirando desde esta perspectiva cuanto hemos vivido, veo con
luminosa claridad que se ha cumplido a la letra lo que nuestro Fundador
afirmaba, al referirse a la aprobación de la solución jurídica de la Obra.
Aseguraba que con esa configuración jurídica definitiva vendrían omnia bona pariter cum
illa, que con ella nos llegarían toda clase de bienes. Y aquí están ya
muchísimos delante de nuestros ojos; un cúmulo inmenso de bienes hemos
conseguido ya. Pensadlo, para agradecerlo a Dios. El
nos ha comunicado muchas enseñanzas. Una continua lección divina ha sido todo
este tiempo.
5. Considerad, en primer lugar, la eficacia de tantos millares de días y
noches de densa y continua oración. Sí, hijas e hijos, conviene que no
olvidemos que nuestro Padre rezó día y noche por esta intención. Movilizó toda
la Obra, pidiendo plegarias y mortificaciones: que os unáis a la
intención de mi Misa; que os unáis a mi intención, era el estribillo
de sus conversaciones. Mendigó esta misma limosna por medio mundo, provocando
una manifestación general de corazones que rezan. Dios nos llevaba -y con
nosotros a centenares de millares de otras almas- por caminos de perseverante y
tenaz oración. Omnes erant perseverantes unanimiter in oratione: el
Señor ha hecho, con la complicidad de nuestro Padre -y yo he
procurado ir por el mismo camino-, que esto se cumpliera a la letra en la Obra.
Gratias tibi, Deus, gratias tibi! Ese clamor de
oración unánime ha marcado a la Obra para siempre, desde el momento de su
fundación. Dios nos ha demostrado, con esta acción suya en la vida de nuestro
Padre, que todo en la Obra ha de salir a base de oración y de mortificación
confiadas y filiales, perseverantes. Que todo ha de ir precedido, acompañado y
seguido por estos medios; que sin oración no hay Opus Dei.
Dios ha querido que la Obra se traduzca en un clamor unánime de
conversación con Dios, para que produzca fruto eficaz nuestra conversación con
los hombres. Este ha sido y será siempre el secreto divino de nuestra eficacia.
6. Meditad ahora otro aspecto de este largo itinerario, que refleja también
la continua labor de Dios en su Obra. La inadecuación de las anteriores
configuraciones jurídicas de la Obra a la realidad de nuestro camino movía a
nuestro Padre a una perseverante acción de vigilancia, que se concretaba en
continuas aclaraciones llenas de vigor, en actos de prudencia en el gobierno,
en gestiones ante la autoridad eclesiástica, en advertencias y disposiciones de
Padre y Buen Pastor. Fue una larga lucha de nuestro Fundador, para soslayar los
peligros y confusiones que conllevaba el encajonamiento forzado de la Obra en
un marco jurídico inadecuado.
Este continuo desvivirse de nuestro Fundador trajo como consecuencia que la
fisonomía de la Obra, su espíritu, su fin, sus modos de apostolado peculiares
quedaran -como le gustaba decir- esculpidos con rotundos y
vigorosos trazos, que la configuraban netamente, sin ambigüedades respecto a su
identidad y de acuerdo con una clara singularidad fundacional.
Acción de Dios y correspondencia de nuestro Padre
7. Con razón nos comentaba nuestro Padre, poco antes de marcharse al Cielo:
tenéis por delante tanto camino recorrido, que ya no os podéis equivocar.
Con lo que hemos hecho en el terreno teológico -una teología nueva, queridos
míos, y de la buena- y en el terreno jurídico; con lo que hemos hecho con la
gracia del Señor y de su Madre, con la providencia de nuestro Padre y Señor San
José, con la ayuda de los Angeles Custodios, ya no
podéis equivocaros, a no ser que seáis unos malvados.
Y en todo este hervir de trabajos, de oración, de esperas, nuestro Padre
reconocía la mano providencial de Dios en su Obra:
hijos míos –nos decía el 19 de marzo de 1975-, ya veis que hemos puesto medios
divinos; medios que, para la gente de la tierra, no son una cosa proporcionada.
Yo lo veo ahora; entonces no me daba cuenta de que era el Espíritu Santo el que
nos llevaba y nos traía. No estamos nunca solos: tenemos Maestro y Amigo.
La espera, hijos, estaba repleta de una intensísima actividad divina y de
una respuesta heroica de nuestro Padre. Pero sigamos adelante, desgranando su
contenido, para ahondar así en nuestros motivos de gratitud.
8. Todo este modo divino de conducir la Obra producía -y esto es lo más
importante- abundantes frutos de santidad. En primer lugar, en la vida misma de
nuestro Padre, volcado enteramente en andar al paso de Dios con heroica y fiel
perseverancia.
Si, hijos, este largo caminar ha santificado a nuestro Fundador, que ponía
su alma a la completa disposición del juego de Dios. Se forjaba así una trama
espléndida de gracias exigentes y de generosa correspondencia en su siervo
bueno y fiel.
El burrito sarnoso daba vueltas y más vueltas a la noria
y, al recibir los palos como cariño y providencia,
trazaba en la tierra un lendel hondo, profundo, inconfundible, para que sus
hijos no pudiéramos perder el camino hacia la santidad, de modo que todo
nuestro ser y todo nuestro obrar giraran en el círculo de Dios.
9. Clama, ne cesses!,
pedía el Señor. Y nuestro Padre le hacía eco con su voz y la dirigía a los
hombres, consumiendo sus días en una constante vigilia de oración y de
catequesis. Toda la Obra vibraba con este mismo clamor, que en nosotros ha
grabado a fuego dos verdades fundamentales: que hemos de ser almas
contemplativas en medio del mundo, y que la Obra es una gran
catequesis, una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la
sociedad.
10. La exigente acción de Dios en el alma de nuestro Padre y su heroica
correspondencia nos trasmitían a cada uno de nosotros, sus hijas e hijos,
deseos ardientes de santidad. Bastantes hijas e hijos de la fidelidad de
nuestro Padre están ya en el Cielo. Muchos más peregrinamos por la tierra,
saboreando toda esta carga divina, de peso y poder incomparablemente más
fuertes que los de nuestras miserias personales.
En una palabra, Dios nos ha traído por los caminos que nos convenían, para
urgirnos a ser santos. A nosotros toca ser también, siguiendo las huellas de
nuestro Padre, buenos borriquillos suyos, que mantienen bien
trazado el surco que esta honda acción divina y la correspondencia de nuestro
Padre han abierto. Dios lo ha ido disponiendo todo del mejor modo, para que
seamos santos, porque esto espera de nosotros, como lo espera la humanidad entera.
11. Si Deus nobiscum,
quis contra nos? Otro paso del Señor en el alma de nuestro
Padre. Cuando los golpes se aceptan como el martilleo del artista, que
quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un
Cristo…, jamás falta entonces la ayuda de la fortaleza divina para
sostenernos y concedernos su apoyo. Soy yo, no temáis, parece
susurrarnos en el alma. La confirmación de estar cumpliendo la Voluntad de Dios
confería a nuestro Fundador un gran sosiego en medio de tan duros trabajos. Su
firme serenidad -que venía de lo alto- se contagiaba beneficiosamente a toda la
Obra, como un río de paz, que nos habilitaba para ser precisamente sembradores
de paz y de alegría, aun en medio de la tolvanera que levantaban los
fuertes vientos del tiempo o nuestras miserias personales.
Dios estaba no ya detrás sino entre nosotros, obrando sin cesar. Gratias tibi, Deus!, porque nunca nos has
abandonado, porque has combatido por nosotros y con nosotros. Ninguna
trapacería del diablo ha podido ni podrá nada contra este querer del Señor, tan
patente y tan misericordioso. Gratias
tibi!
12. Con el Señor, también su Madre -¡Ella nunca se separa de su Hijo!- se
ocupaba amorosamente de la Obra, para madurar frutos de santidad y sostenernos
con su mano por el camino. Ella se mostraba a nuestro Padre como el thronum gloriae al
que deberíamos acudir con plena y filial confianza –adeamus
cum fiducia!-, para conseguir misericordia de la Trinidad –ut misericordiam consequamur-,
de manera que nuestras propias insuficiencias individuales no constituyeran un
obstáculo para andar, en santidad de vida, el sendero que el Señor nos marcaba.
Con nuestra Madre, ¡qué dulce es todo! ¡Qué paz y qué seguridad comprobar
que la misericordia del Señor es más poderosa que la violencia destructora de
nuestros pecados! Con esta misericordia divina, que nos llegaba a través de la
mirada y brazos tan maternales, nuestro Padre sentía bien firme y podía afirmar
con elocuente sencillez: ¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho
Tú, Señor, con cuatro chisgarabís.
13. Los desvelos del Corazón de la Santísima Virgen por la Obra han
provocado en nuestro Padre, y provocan en todos nosotros, un amor todavía más
intenso por Nuestra Señora y un reconocido agradecimiento. Nuestro Fundador se
convirtió en romero de la Virgen por santuarios y ermitas de todo el mundo,
imprimiendo al desarrollo de la Obra un ferviente y acelerado ritmo mariano.
Confiada la solución jurídica definitiva a la bondad del Dulcísimo Corazón
de María, el corazón de nuestro Padre se dilataba increíblemente, ardiendo en
urgente fuego de Amor por las necesidades de la Iglesia universal, con una
pasión de servicio abnegado que trasmitía a todos sus hijos, precisamente en
una época de grandes turbiones en la vida eclesiástica. Otro gran don divino
para toda la Obra, que brotaba de ese entramado santo entre la Voluntad de Dios
y la correspondencia de nuestro Padre, mientras caminábamos con la intención
especial bien clavada en el alma, en vigilia de amor.
Nuestro Fundador se encendía en un incesante clamor, hecho de oración, de
mortificación abnegada, de trabajo y de recias lágrimas. Oraba y empujaba a
rezar. Predicaba -en una catequesis cada vez más densa y sentida-, urgiendo a
un amor fiel a la Iglesia Santa. No vivía más que de morir cada día, para
defender y sostener a lo que tanto amaba y por lo que tanto padecía, la Iglesia
Santa, una Madre tan necesitada de hijos leales.
14. Movido por un ardiente espíritu de reparación, su alma encontraba
fortaleza y refugio en el Sacratísimo Corazón de Jesús. En este lugar de Amor,
en esa mina de misericordia divina, nos metía también a sus
hijas e hijos, impulsado por el Espíritu Santo. A ese horno ardiente de
caridad atraía el Señor a su Obra, durante esta larga época de callado
e intenso quehacer. Y de ahí, hijos míos, no debemos salir jamás. ¡Buen cuidado
tiene ahora nuestro Padre desde el Cielo! Este es nuestro sitio: en el Corazón
de Jesucristo y, por El, en El y con El, en medio del mundo. Ahí nos empapamos
de la caridad del Señor, que esto es ser santos.
15. Bien amparado en el Corazón del Redentor, nuestro Padre clavaba su
mirada -en una elevada contemplación- en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios
Espíritu Santo. La Trinidad Beatísima era el Centro adonde se dirigía el alma
de nuestro Fundador, con un crescendo desbordante en sus
últimos años terrenos. Vivía en la intimidad de la Santísima Trinidad.
Y en esa contemplación absorbía el ritmo y las luces de la divina
Sabiduría, que derramaba después en el alma de sus hijas e hijos, con el
ejemplo y con la palabra. Muy bien sabía nuestro Padre que la Sabiduría de
Dios con ser una sola lo puede todo; y siendo en sí inmutable todo lo
renueva y se derrama de generación en generación entre las almas santas,
formando amigos de Dios y profetas.
Amigos de Dios
16. ¿Veis, hijos? ¿Comprendéis hasta qué altura excelsa el Espíritu Santo
ha ayudado a ascender a nuestro Padre y, con su entrega -que tiraba hacia
arriba de nosotros-, a toda la Obra? En este incansable obrar de la Sabiduría
divina, para ponernos en camino de ser amigos de Dios -en una
palabra: santos-, se fundamenta la riqueza de las sendas, por las que el Señor
ha guiado a nuestro Padre y a la Obra.
Todo, todo lo que el Señor ha actuado o ha permitido que se cumpliera con
la Obra conducía a esto: a formar, de este pobre barro nuestro, buenos amigos
suyos. Mirad: todo lo ha planeado, con una sapiente estrategia, para nuestra
santificación. Y, como muy bien sabéis, en toda la tarea santificadora, la
iniciativa pertenece al Espíritu Santo, que derrama sobre los hombres su Amor
misericordioso. No lo olvidemos jamás: la Obra es principalmente trabajo de
Dios, Opus Dei, por esto su historia es la historia de las
misericordias divinas.
Aquí radica la grandeza y profundidad de lo que hemos de agradecer, y de
aquí arranca el compromiso que nos obliga a entregarnos sin reservas y con
gratitud filial. Todo ha sido operado y permitido por Dios, para que seamos
buenos hijos suyos. Abba, Pater! Gracias
a Ti, Dios Padre; y a Ti, Dios Hijo; y a Ti, Dios Espíritu Santo. Gracias a la
Trinidad Beatísima por esta primorosa selección de circunstancias, de modos, de
tiempos y de gracias, que suponen un cúmulo imponente de frutos concedidos por
Dios a la Obra para siempre.
17. Hijos míos, poned atención, porque aquí se centra el núcleo de las
grandes lecciones que la Sabiduría de Dios ha tenido a bien impartirnos. No
hemos vivido ahora y no agradecemos solamente una historia, riquísima de
contenido, que ha culminado en la aprobación de la configuración jurídica
definitiva. Hemos vivido y agradecemos, especialísimamente, el multiforme don
de Dios a la vida de nuestro Padre y a toda la Obra, para llamarnos a gastar
nuestra existencia, para siempre, en una actitud pendiente de Dios, metidos en
Dios. Estos dones se concretan en la llamada -vocación- y en la misión, que el
destral divino ha dejado esculpidas para su Opus Dei, y que
constituyen, para nosotros, mandato imperativo de Cristo.
Secularidad
18. En este itinerario de gracias y de fatigas, que son muchas más, hijos
míos, de las que os podéis imaginar, hay un aspecto -que el cumplimiento de la
intención especial ha asentado firmemente- que es esencial en la Obra, y cuya
salvaguardia ha sido objeto principalísimo de los afanes y desvelos de nuestro
Fundador. Me refiero, hijos, a la naturaleza secular de nuestra vocación, que
el nuevo marco jurídico de la Obra transparenta y define con la claridad que
nuestro Padre deseaba.
La secularidad connota esencialmente nuestro camino, en cuanto buscamos la
santidad y ejercemos el apostolado en y desde el lugar -estado, circunstancias
familiares y sociales, profesión u oficio, etc.- que cada uno tiene en el
mundo. Ahora agradecemos al Señor, con toda el alma, cuanto la erección de la
Obra en Prelatura significa en esta característica importantísima de nuestro
camino.
A la vez, deseo que consideréis que esta confirmación del espíritu que
infundió el Señor a nuestro Padre nos compromete a trabajar, con más vigor si
cabe, para hacer divinos todos los caminos de la tierra. Nuestro
agradecimiento, en una palabra, se ha de manifestar en un ardiente empeño
apostólico. Jesucristo nos ha metido en su Corazón, pero sin sacarnos del
mundo, para que contagiemos con su Amor e iluminemos con su Verdad.
19. Cada uno en su sitio sentirá la urgencia de ser una brasa
encendida; un foco de iniciativas al servicio de esa Verdad y de ese Amor
misericordioso. Aquí nos espera Jesucristo. En función de esta tarea ha marcado
firmemente con trazos vigorosos la naturaleza secular de nuestra vocación y de
nuestra labor apostólica, para que en todas las encrucijadas de la tierra haya
unos puntos de luz, que señalen los caminos de Dios y sirvan de referencia para
recorrerlos.
¡Ay si alguno se apagara! Quisiera, hijos, que os quedara muy claro en el
alma que este vigor de nuestra vibración apostólica ha de ser la señal cierta
del agradecimiento verdadero. Porque nos han sido otorgados todos los dones
para el servicio de una misión divina. Dios espera nuestra ardiente respuesta.
Nuestro permanente Te Deum de
acción de gracias será, pues, un himno compuesto por la cotidiana dedicación
ardiente por acercar almas a Dios, para comunicarles su Verdad y su Amor.
Una gran catequesis
20. Verdad y Amor. Esto exige -meditadlo bien- conocer a fondo la Verdad de
Dios, la Vida de su Hijo, su doctrina, sus mandamientos y los medios que ha
confiado a su Iglesia para caminar en santidad. Este conocimiento requiere
estudio y formación permanentes. Hemos de formarnos bien y hemos de contribuir
-cada uno según su encargo- a la buena y sólida formación de todos los que se
acerquen al Opus Dei. La gran catequesis que es la Obra
comienza por nosotros mismos. Cada uno ha de sentir ansias de entender, siempre
con mayor profundidad, la doctrina cristiana, que en la Obra se nos enseña con
abundancia de medios y sin regatear esfuerzos. Sólo así, con una permanente
profundización en la Doctrina viva, podremos ser esos puntos luminosos en medio
de la ausencia de señalización divina en tantos caminos de la tierra. Sólo así
puede ser la Obra -en medio de tanta oscuridad que la ignorancia y las pasiones
crean- una gran catequesis: si cada uno de nosotros se esfuerza por
ser un catecismo vivo, es decir, un resumen claro, y a todos asequible, de la
doctrina cristiana. Y no olvidemos, hijos, que las verdades acerca de Dios no
se aprenden sólo estudiando. Al esfuerzo intelectual han de unirse la
meditación y el esfuerzo por encarnar con coherencia la Verdad que se estudia y
medita. Este es el modo para asimilar bien la formación, y para convencernos de
que siempre podemos crecer en la posesión de esta auténtica riqueza.
21. Con la doctrina, el Amor de Dios. Hijos míos, hemos de estar bien
metidos en las realidades terrenas, pero repletos de la Caridad de Jesucristo,
del fuego de su Amor misericordioso, para mover a los hombres a ser amigos de
Dios, para acompañarlos con la amistad, aliviarlos en sus sufrimientos,
servirlos en sus necesidades espirituales y corporales, ya que todo esto es
quererlos bien.
Pero el Amor lo podremos comunicar, en la medida en que nuestros corazones
se muevan muy dentro del Corazón de Jesucristo, por la vida de oración, por el
espíritu de humildad y de mortificación, por el abandono de todo egoísmo.
Así, hijos, con doctrina y con Amor, ¡qué buena luz ofreceremos!, ¡qué
apostolado silencioso pero imponente realizaremos por todos los rincones y en
todos los puntos neurálgicos de la sociedad!, allí donde la esencia secular de
nuestra vocación nos coloca para servir a Dios.
22. Pensad, pues, que la secularidad, que define a nuestra vocación, va
necesariamente ligada a esta siembra de Verdad y de Amor entre los hombres. La
secularidad no consiste para nosotros en un camuflaje con el fin de lograr una
determinada eficacia; no se queda en una táctica pastoral o apostólica; es
concretamente el lugar donde nos coloca el Señor, bien metidos en su Corazón,
para hacer su Obra, para santificar este mundo, en el que compartimos las
alegrías y las tristezas, los trabajos y las distracciones, las esperanzas y
las faenas cotidianas de los demás ciudadanos, nuestros iguales. Por esto, la
secularidad no es un camino de cristianismo fácil, no es un
mimetismo con lo mundano -con cuanto las pasiones de los hombres sacan a flor
de tierra en este mundo-; significa, insisto, una connatural participación en
lo más serio de la vida: en el trabajo bien realizado, en el buen cumplimiento
de las obligaciones familiares y sociales, en la participación en los dolores
de los hombres y en los esfuerzos por construir en paz y de cara a Dios la
ciudad terrena.
Lucha interior
23. La secularidad se nos define, por tanto, como un gran don de Dios que
hemos de hacer rendir. Por esto, es bueno considerar que no se malogra
solamente por la asunción de unos modos extraños a la vida seglar. La
secularidad se deteriora también -y muy gravemente- cuando se desvincula de su
más hondo sentido vocacional por el aburguesamiento: ya que Dios nos llama en
nuestro lugar de trabajo para que lo santifiquemos. Se esteriliza cuando se
convierte en un expediente u ocasión para convalidar compromisos con la
sensualidad, con la avaricia o con la soberbia de la vida. Y entonces, de nada
sirven los puntos de luz si están apagados, o si alumbran con fuegos fatuos que
conducen a precipicios.
Por esto, hijos míos, nuestra vocación nos lleva a conseguir una sólida
unidad de vida y a mantener una estrecha vigilancia de cada uno sobre sí mismo,
sobre el propio modo de trabajar, sobre el modo personal de cumplir las
obligaciones familiares, sociales, profesionales, etc., porque este ámbito de
cada uno lo hemos de convertir en un foco de luz bien encendido: Dios nos lo
pide, y no podemos hacerle fracasar, por falta de exigencia.
24. La secularidad -dejadme que os lo repita- no puede traducirse, pues, en
una concesión a las manifestaciones invasoras de formas de vida paganas o
mundanas; significa, por el contrario, entereza y seriedad en el modo de
afrontar las circunstancias que hemos de santificar. Hoy -yo diría, siempre,
pero con los rasgos propios de cada época- la conducta cristiana experimenta el
asalto de una agresiva oleada de costumbres, maneras, aficiones, leyes que
contradicen el estilo cristiano de enfocar la existencia humana. Cada día, el
cristiano ha de despejar los remolinos que levantan los aires del tiempo. Para
esta lucha por comportarnos de acuerdo con nuestra identidad cristiana, Dios
nos concede su poderosa ayuda, que la Obra desmenuza en continuas atenciones y
cuidados pastorales, para mantener vibrantes a sus hijos en la lucha por ser
santos en todos los ambientes de la sociedad civil.
Hijos míos, ha costado a nuestro Padre mucha oración, muchos desvelos, la
defensa de la fisonomía secular del Opus Dei. Al agradecer esta heroica
correspondencia de nuestro Fundador al expreso querer de Dios para su Obra,
sintamos la responsabilidad de hacer rendir el talento recibido, para ser -cada
uno en el lugar donde el Señor le ha llamado- testimonios transparentes de vida
plenamente cristiana, santa.
Una multitud de bienes
25. Omnia bona pariter cum illa!. Ya veis, con estas
pinceladas, con cuantos bienes ha ido el Señor madurando su Obra, en estos años
de trabajos para conseguir la configuración jurídica definitiva: unanimidad en
la oración perseverante; camino que quedaba esculpido hasta en sus más suaves
perfiles; frutos de santidad personal; amor ardiente a la Iglesia Santa;
vibración de apostolado en toda la trama de la vida humana; certeza de que Dios
nos espera en la tarea cotidiana. Pero la relación de estos bienes y lecciones
del Señor podría continuar hasta formar un interminable elenco. Vosotros los
iréis descubriendo, al hilo de vuestra meditación, en vuestra propia alma, que
es donde el Señor ha ido escribiendo estas páginas de misericordia.
Pensad, por ejemplo, que -mirando la luminosa trayectoria de santidad de
nuestro Fundador- hemos aprendido a trabajar cara a Dios, sin esperar pagos
terrenos. Hemos aprendido a querer a quienes, por el motivo que fuera, no
entendían o no querían entender nuestro camino. Hemos aprendido a tener
paciencia y el perdón fácil cuando algunos -movidos por el diablo o
ingenuamente equivocados- nos calumniaban con perseverantes campañas
denigratorias. El Señor nos ha confirmado en nuestro amor grande por todos los
que trabajan por El, comprendiendo y estimando muy de veras la generosidad y el
sacrificio de tantas almas buenas -sacerdotes, religiosos y religiosas,
seglares- que sirven a la Iglesia. El Señor nos ha urgido a querer cada día más
al Papa: ¡cuántas largas horas de oración de nuestro Padre por el Romano
Pontífice y que inyección de romanidad infundía
en toda la Obra! Hemos sentido la urgencia y el deber de rezar más intensamente
por todos los Obispos y nos hemos entregado, con afán de unidad, en el servicio
a las diócesis donde trabajamos.
26. En una tertulia en el Centro del Consejo General, nos decía nuestro
Padre, en 1962, refiriéndose a la solución jurídica definitiva que ahora se nos
ha concedido:
estoy seguro, hijos míos, que ha de salir. Ahora o dentro de uno o veinte
años: pero saldrá. Es la última etapa de la Fundación. Saldrá, porque el Señor
nos escuchará: ¡tantos años rezando por esto, y miles de Misas, y tantas
mortificaciones, y la rectitud de intención que nos mueve -su gloria, su
servicio, la mayor eficacia de la Obra- y la confianza que tenemos en El!.
¡Cuántos bienes, hijos míos! ¡Cuántos bienes ha supuesto para la Obra este
largo camino! ¡Cuánto quehacer divino en nosotros que tratábamos, impulsados
por nuestro Padre, de atesorarlo en el espíritu como una suma inmensa de
riquezas! Por esto, nuestra acción de gracias, que se apoya en tan profundos y
abundantes motivos, ha de discurrir a lo largo y a lo ancho de nuestro esfuerzo
diario por ser fieles a nuestra vocación divina. Saquemos, de toda esta larga
enseñanza del Señor, la misma conclusión que extraía nuestro Padre, al
considerar todo lo que el Señor ha ido haciendo en su Obra:
un cántico de acción de gracias tiene que ser la vida de cada uno, porque toda
la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente
ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero. Te dan
gracias en toda Europa, y en puntos de Asia y Africa,
y en toda América, y en Oceanía. En todos los sitios te dan gracias.
Hijos míos, os insisto con nuestro Padre: no tenemos motivos más
que para dar gracias.
27. Estoy seguro de que vosotros me preguntaréis: pero Padre, ¿cómo dar la
importancia debida a este cambio de forma jurídica?, ¿cambiará nuestra vida
ahora, si el espíritu es idéntico? Es lógico que os planteéis estas cuestiones,
por el amor que tenéis a vuestro camino. No quiero alargarme porque ya he
enviado indicaciones concretas, para que vuestros Directores os expliquen muy
bien todo.
En primer lugar os confirmaré que no cambia nada del espíritu, de los
fines, de los modos apostólicos que hemos venido viviendo, por la sencilla
razón de que, como afirmaba nuestro Padre,
primero viene la vida; luego, la norma. Yo -continuaba
nuestro Fundador- no me encerré en un rincón a pensar a priori qué
ropaje habría que dar al Opus Dei. Cuando nació la criatura, entonces la hemos
vestido; como Jesucristo que coepit facere et docere (Hch 1, 1), primero hacía y después enseñaba.
Nosotros tuvimos el agua, y enseguida trazamos el canal. Ni por un momento
pensé abrir una acequia antes de contar con el agua. La vida, en el Opus Dei,
ha ido siempre por delante de la forma jurídica. Por eso, la forma jurídica
tiene que ser como un traje a la medida; y si no fuera así, sería porque nos
habrían violentado, cambiando las medidas o cortándolas según un patrón ajeno.
Una vieja anécdota
28. Hijos, es la norma la que ahora, por Voluntad divina, se acomoda a
nuestra vida como el guante a la mano. Esta norma, por la que nuestro Padre,
desde hace tantísimos años, ha rezado, sufrido y trabajado sin descanso. Os
recuerdo ahora una vieja anécdota, que os dará una idea de la antigua
aspiración de nuestro Padre, en sus ansias continuas de hacer la Obra tal y
como Dios la quería. La relata un hermano vuestro, don Pedro Casciaro. Este hijo mío cuenta que en 1936, entre los meses
de marzo y junio, «en una de las ocasiones que acompañé a nuestro Padre a la
iglesia de Santa Isabel, mientras el Padre estaba en la sacristía, me quedé
observando dos lápidas mortuorias que había en el suelo, al pie del presbiterio
y bajo la cúpula del crucero de la iglesia. Los epitafios estaban escritos en
latín. Estaba tratando de descifrar lo que decían, cuando nuestro Padre salió
de la sacristía y señalándolos con el índice de su mano derecha me dijo
aproximadamente: ahí está la futura solución jurídica de la Obra. No
entendí ni poco ni mucho a qué se refería. Nunca había oído hablar ni yo me
había planteado que la Obra necesitase una solución, y menos
entendí el calificativo de jurídica. No recuerdo, sin embargo, que
yo pidiera a nuestro Padre aclaración alguna a su afirmación». En aquellas
lápidas, que aún se conservan en la restaurada iglesia de Santa Isabel, se
pueden leer los siguientes epitafios, que transcribo al pie de la letra, aunque
contengan algunos errores de latín:
HIC . JACET / EM . DOM / ANTONINVS . DE . SENTMANAT / PATRIARCHA . INDIARVM / CAPELLANVS .
ET . ELEEMOSYNARIVS . MAJOR / REGIS . HISPANIARVM . CAROLI . IV / MAGNVS .
CANCELLARIVS . ET . CONSILIARIVS / REGNI . CAROLI . III / VICARIVS . GENERALIS
. REGALIVM / EXERCITVVM . MARIS . ET . TERRAE / AC . ECCLESIAE . ROMANAE . CARDINALIS / NATVS . BARCINONE . AN . MDCCXXXIV / MORTVVS . ARANJVEZ . AN . MDCCCVI / R . I . P
HIC . EXPECTANT . VNIVERSAE . CARNIS / RESVRRECTIONEM .
OSSA . ET . CINERES / EXCMI . AC RDMI . D . D / JACOBI
. CARDONA . ET . TVR / INDIARVM . OCCIDENTALIVM . PATRIARCHAE / EPISCOPI .
TITULARIS . SION / PRO . CAPELLANI . MAIOR REGIE . DOMUS / VICARII . GENERALIS
. CASTRENSIS / ORATE . PRO . EO / EDUSI . XXVI . FEBRVARII . MDCCCXXXVIII /
NATI . MATRITI / III . JANVARII . MCMXXIII / VITA . FVNTIS
Como habéis comprendido, hijas e hijos míos, se trata de las tumbas de dos
prelados que gozaron de una peculiar y vasta jurisdicción eclesiástica de
carácter secular, y no territorial sino personal.
Nuestro itinerario jurídico
29. Con la ayuda del Señor, comenzó nuestro Padre el largo camino, bien
fijos los ojos en poder llegar a conseguir lo que veía que era la Voluntad de
Dios. No os voy a describir aquí esta larga historia de nuestro iter jurídico, detallado por nuestro Padre en
muchas de sus Cartas. Escuchad lo que precisaba en septiembre de 1970:
hijos míos, el Señor nos ha ayudado siempre a ir, en las diversas
circunstancias de la vida de la Iglesia y de la Obra, por aquel concreto camino
jurídico que reunía en cada momento histórico -en 1941, en 1943, en 1947- tres
características fundamentales: ser un camino posible, responder a las
necesidades de crecimiento de la Obra, y ser -entre las varias posibilidades
jurídicas- la solución más adecuada, es decir, la menos inadecuada a la
realidad de nuestra vida.
La imposibilidad de encontrar la fórmula jurídica conveniente en las normas
vigentes en 1947, y la urgencia de disponer tanto de un régimen jurídico
universal y centralizado, como de conservar el derecho de incardinación de
nuestros sacerdotes, dentro de un cuadro legislativo lo más secular posible,
obligaron a nuestro Padre a pedir a la Santa Sede la aprobación de la Obra como
Instituto Secular. Para eso, fue necesario acomodar las normas de nuestro ius
peculiare a las normas del derecho común
propio de esos Institutos. E incluso, más tarde, también a las normas internas
de la Sagrada Congregación de Religiosos para la aprobación de las
Constituciones. Solamente así se consiguió esa aprobación de la Obra como
Instituto Secular de derecho pontificio el 24 de febrero de 1947, y la
aprobación definitiva el 16 de junio de 1950. Como no puedo entrar en detalles,
sólo os diré que este conceder sin ceder, costó muchísimas
lágrimas a nuestro Fundador, que debió ejercitar durante muchos años una
vigilancia y una fortaleza extraordinariamente heroicas, pues sabía que el
Señor le pediría estrecha cuenta de cómo había cumplido su Voluntad para que la
Obra -que es de El- se acomodase íntegramente a lo que le había mostrado.
Nuestro Padre escribía, poco después de haber obtenido esas aprobaciones:
no había otra salida, sin embargo: o se aceptaba todo, o seguíamos sin un
sendero por donde caminar (…). Realmente hemos sido la aguja para meter el
hilo, y la experiencia nos está confirmando que los que han pedido luego la
aprobación como Institutos Seculares se encuentran a gusto y aceptan con
alegría -porque ése es su camino- aun las cosas que no van con nuestra
secularidad: cada día se ve más claramente que, dejando el hilo, la aguja debe
salir fuera del tejido que llaman ahora Institutos Seculares.
30. Efectivamente, la fórmula de Instituto Secular presentaba un
inconveniente capital de orden no sólo jurídico, sino también doctrinal y
teológico. La figura del Instituto Secular nacía -por muchas y concretas
razones históricas- de una ampliación del concepto de status perfectionis o estado de vida consagrada, mediante la
profesión de los consejos evangélicos: se ve muy claramente en la introducción
de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia.
De ahí que, aunque la misma Constitución Apostólica afirmara que los Institutos
Seculares «ni son ni propiamente hablando pueden llamarse Religiones ni
Sociedades de vida común», al mismo tiempo exigía, como condición sine
qua non para ser aprobados como Instituto Secular, la vitae consecratio, la consagración canónica de la propia
persona, mediante la profesión de los tres consejos evangélicos de pobreza,
castidad y obediencia, por medio de votos u otros vínculos sagrados,
equiparados a los votos. Puestas así las cosas, nuestro Padre repetía y quiso
también recordarnos por escrito:
de hecho no somos un Instituto Secular, como
tampoco constituimos una común asociación de fieles. Y
explicaba: siempre he pensado que el derecho debe ser la respuesta
jurídica a un fenómeno vital, consecuencia de una realidad viva, no una
premisa. Pero esta realidad de nuestro camino y de nuestro derecho chocaba con
las ideas corrientes acerca del estado de perfección, que -en
realidad- como tal estado no nos interesaba; y, por otra parte, desbordaba el
derecho entonces existente. Dios Nuestro Señor no quería un nuevo estado,
para nosotros, sino simplemente un marco jurídico, común, consonante con la
realidad de la Obra y con la condición laical y secular de sus miembros, que
permanecían cada uno en el mundo, en su estado, en el ejercicio de su
profesión. Fue tiempo, hijas e hijos míos, de ejercitar la paciencia, de
trabajar sin descanso, con la mirada puesta en Dios, movidos sólo por un gran
deseo de servir a la Iglesia Santa.
31. A pesar de todos esos inconvenientes que nuestro Padre hubo de tolerar,
ya que no existía otra salida, en ningún momento dudó de que la Obra se
realizaría tal como la había visto, tal como el Señor quería que
fuese. Pensando en la solución definitiva, ya en 1949 -el horizonte jurídico
continuaba completamente cerrado- nuestro Padre había escrito:
Entonces se quitará de nuestro derecho peculiar todo lo
superpuesto, que nos deforma por fuera, aunque deje intacto nuestro espíritu,
que es el de siempre, antes y después de las aprobaciones concedidas por la
Santa Sede…; y así, nuestro derecho peculiar será límpido y
corresponderá perfectamente a nuestro modo de ser, al que ha querido Dios para
nosotros.
32. La salida de la Obra del marco jurídico de los Institutos Seculares, se
imponía como el único medio eficaz para evitar las graves dificultades que
conocéis, y para salvaguardar íntegramente el carisma fundacional de nuestro
Padre.
Hasta tal punto deseamos que esta situación se arregle –escribía en 1958-,
que desde hace muchos años se han celebrado y se continúan celebrando miles de
misas por esta intención. Y con el mismo fin todos rezamos constantemente,
ofreciendo también a Dios con amor el cumplimiento del trabajo profesional, y
de toda la labor apostólica.
Y en 1961 reafirmaba: deseamos servir a la Iglesia en el respeto de
la verdad; y como los Institutos Seculares son hoy un cuadro organizativo donde
la Obra puede encajar sólo en razón de privilegios -dada la realidad de nuestra
vocación-, la inclusión del Opus Dei en el género de los Institutos Seculares
supone una contradicción jurídica, que no es ni más ni menos que la
manifestación de una diversidad más profunda: de espíritu, de fines, de
ascética, de realidad teológica.
Además de la necesidad de cumplir la Voluntad del Cielo sobre la identidad
de la Obra, entre las ventajas de la solución jurídica definitiva que deseaba,
nuestro Padre veía una multiplicada eficacia apostólica en servicio de la
Iglesia. La figura de «persona consagrada», aunque sólo fuera porque queda
ligada por un voto de obediencia, podía inducir erróneamente a dudar de la
libertad que nuestro Padre, en ejecución del querer de Dios, reivindicaba para
todos los miembros de la Obra.
En materias temporales -que quede bien claro- no hay ninguna doctrina del
Opus Dei. Solamente tenemos -dentro de la doctrina teológica católica- una
doctrina ascética peculiar, que es para nuestra santidad personal y para el
ejercicio del apostolado. En cambio -lo repito otra vez-, para las cosas
sociales, políticas, económicas…, no tenemos ninguna doctrina propia: lo único
propio -y común a todos- es la doctrina de la Iglesia, y, dentro de esa
doctrina amplia, cada uno de nosotros forma su criterio personal. Así mis hijos
tienen la misma libertad que los demás católicos: ni más ni menos libertad.
El reconocimiento jurídico, evitando toda clase de equivocos,
de lo que realmente sois, hijas e hijos míos: fieles y ciudadanos
corrientes, se presentaba, pues, como indispensable, para impedir que se
limitara o condicionase la autónoma actividad profesional y civil de los
miembros de la Obra: en la vida universitaria y en el mundo de la cultura no
confesional, en las organizaciones profesionales, políticas y sindicales, en
los medios no católicos de comunicación social (TV, prensa, radio, cine, etc.),
y en todas las actividades humanas honestas y ambientes de la sociedad civil,
que son precisamente las actividades y los ambientes donde el Señor nos ha
llamado para desarrollar una definida tarea apostólica. Tarea específica, que
requiere -más aún en una sociedad que tiende a alejarse de Dios- una profunda
vida de oración y de sacrificio; y por eso la Obra nos proporciona -con empeño
constante- una específica y sólida formación doctrinal, espiritual y ascética,
y una solícita y constante atención pastoral por parte de vuestros hermanos
sacerdotes.
34. Estos fueron los motivos de orden teológico, jurídico y apostólico, que
movieron a nuestro Padre, en 1962, a plantear, ya de modo formal, a la Santa
Sede la cuestión institucional del Opus Dei, cristalizando en esa petición lo
que, a distintos niveles, había explicado frecuentemente en la Curia Romana.
Lo que nosotros solicitamos -escribía en una Carta de
25-V-1962- no es una refundición total de nuestro actual derecho:
solicitamos precisamente una confirmación sustancial de ese derecho particular,
pero dentro de una forma jurídica general distinta.
Una fórmula jurídica que será nueva -en el sentido de que jamás podrá
correr el peligro de quedar encuadrada dentro del derecho común de los estados
de perfección- pero ordinaria, vieja, porque no supondrá privilegios, ni
concesiones extraordinarias o sin precedentes, con respecto a otras normas
canónicas de derecho común (…). Es necesario, por eso, que solicitemos
perseverantemente una solución jurídica clara -basada en el derecho ordinario
de la Iglesia, y no en privilegios- que definitivamente garantice la fidelidad
a nuestra vocación, que asegure y fortalezca el espíritu del Opus Dei y la
fecundidad de nuestros apostolados en servicio de la Iglesia Santa, del Romano
Pontífice, de las almas.
Para lograr estos santos fines, necesitamos -es evidente- un camino
canónico, que haga imposible en el futuro toda posible confusión o equiparación
con los religiosos.
35. La solución que en 1962 propuso nuestro Padre para resolver el problema
institucional del Opus Dei fue la posibilidad de su transformación en una
Prelatura semejante a las Prelaturas nullius del § 2º del
canon 319 del Código de Derecho Canónico todavía vigente, y del que entonces
aún no se había comenzado la revisión. En ese parágrafo se establece que las
Prelaturas nullius -si no constan al menos de tres parroquias-
se rigen mediante un derecho peculiar. El derecho peculiar de la Prelatura que
se solicitaba hubiera sido, por tanto, con las imprescindibles adaptaciones, el
mismo ius peculiare de la Obra, ya
aprobado por la Santa Sede. La naturaleza netamente secular de esa figura
jurídica habría asegurado el carácter diocesano y secular de los sacerdotes y
el carácter de fieles corrientes de los laicos de la Obra. Nuestro Padre sabía
bien que esa norma del Código de 1918 se refería solamente a Prelaturas de
carácter territorial, no personal; sin embargo, siguió el consejo del entonces
Cardenal Protector de la Obra, Cardenal Ciriaci, que
le animó a proponer esa solución, pues pensaba que quizá fuese posible una
aplicación extensiva del citado canon, de modo que abarcara también una
Prelatura de carácter personal, como la que desde muchos años antes concebía
nuestro Padre. Nuestro Fundador dio ese paso, con una fuerte personal
resistencia interna, pues jamás pretendía una exención, pero de
esto ya se escribirá a su tiempo.
El Papa Juan XXIII indicó que se respondiera a la solicitud que, en base al
derecho canónico vigente, la petición no podía ser acogida, ya que se
presentaban obstáculos prácticamente insuperables. Nuestro Padre -de acuerdo
con esa resistencia de la que os hablaba- comprendía perfectamente, y desde el
primer momento, esas dificultades jurídicas, por lo que aceptó con su habitual
obediencia filial la respuesta, haciendo notar, al mismo tiempo, que, en
conciencia, volvería a plantear el problema una vez que se hubiera abierto en
la legislación general de la Iglesia el camino oportuno; camino que se empezaba
entonces a insinuar en los trabajos preparatorios del Concilio Vaticano II.
Objetivos de nuestro Fundador
36. Con la transformación de la Obra en Prelatura, nuestro Fundador quería
lograr sustancialmente, además de asegurar y fortalecer la unidad jurídica -y,
por tanto, también de espíritu y de régimen- de la Obra, otros dos objetivos
principales:
1º que el Opus Dei continuase siendo una entidad, con personalidad canónica
pública de derecho pontificio y con facultad de incardinar los propios
sacerdotes, completamente diversa de los Institutos Religiosos y Seculares o de
cualquier Instituto o Sociedad a éstos equiparada, y, por tanto, con una
dependencia en la Curia Romana distinta de la Sagrada Congregación de
Religiosos;
2º que, a excepción de las normas en las que se había visto obligado a
conceder, con ánimo de recuperar, y más concretamente las que se refieren a la
profesión de los consejos evangélicos, fueran confirmadas en el nuevo estatuto
jurídico todas las disposiciones de derecho general y particular que regulan el
actual régimen jurídico del Opus Dei, la disciplina interna, la formación y la
atención espiritual de los miembros, las relaciones con las Autoridades
eclesiásticas, etc., sin más cambios que las mínimas adaptaciones necesarias a
la nueva forma jurídica.
37. El 24 de enero de 1964, el Romano Pontífice Pablo VI concedió una
audiencia a nuestro Padre, a la que siguió una apertura filial de la conciencia
por parte de nuestro Fundador, pero no una nueva petición. Pocos meses más
tarde, el 10 de octubre de 1964, en una nueva audiencia, el Papa confirmó a
nuestro Padre que aún no era posible encontrar, en base al derecho común
entonces vigente, la deseada solución jurídica, pero dio a entender que los
Decretos del Concilio Vaticano II -ya en pleno desarrollo- podrían quizá
proporcionar, en el futuro, elementos válidos para resolver el problema
institucional del Opus Dei.
Así fue efectivamente. Gracias a Dios, movido -no me cabe la menor duda-
por la fe de la oración y del trabajo de nuestro Padre, en el Decreto
conciliar Presbyterorum Ordinis, en el Motu propio Ecclesiae
Sanctae y en la Constitución
Apostólica Regimini Ecclesiae universae,
promulgados respectivamente en los años 1965, 1966 y 1967, fueron apareciendo
todas las normas de derecho general, necesarias para establecer las líneas
fundamentales de la nueva figura jurídica de las Prelaturas personales y, por
tanto, de la solución jurídica definitiva tan deseada por nuestro Fundador.
En octubre de 1966, nuestro Fundador comentaba:
os tengo que decir que, de momento, lo del camino jurídico ya está
resuelto. Pero por ahora no nos interesa ponernos el traje. Conviene esperar un
poco, y seguir rezando como si todavía no hubiera pasado nada. Cuando sea el
momento oportuno, nos pondremos el traje: los pantalones y la chaqueta.
Pero, insisto: hay que continuar rezando como si la solución no se hubiera
aún abierto. La habéis abierto vosotros con vuestras oraciones y con vuestra
vida; y la ha confirmado el Concilio con el trabajo abnegado y tenaz de algunos
hermanos vuestros. Siempre hay alguno que reza en la Obra, noche y día; porque
estamos en Europa, Asia, América, Oceanía y Africa; y
es una fuerza muy grande delante de Dios.
Pero, como en la Obra no hay plaza de tontos, además de rezar y ofrecer
muchos sufrimientos, hemos procurado trabajar jurídicamente todo lo posible. La
solución que deseábamos se la comuniqué al Santo Padre Juan XXIII y al Papa
actual, Pablo VI. Luego, los principios los ha recogido el Concilio Vaticano, y
el Papa los ha confirmado y aplicado con un Motu proprio. Apenas salió el
documento, el Secretario del Concilio se lo mandó a Don Alvaro,
junto con una felicitación. Cualquiera que tenga ojos en la cara ve que eso es
un traje hecho a la medida del Opus Dei.
El Congreso General Especial
38. En ese tiempo de espera, que el Señor ponía como premisa necesaria en
el alma de nuestro Padre, de acuerdo con las posibilidades que ofrecían los
Decretos conciliares y los sucesivos documentos aplicativos, después de haber
informado a la Santa Sede, convocó el 25 de junio de 1969 un Congreso General
Especial, con el objeto principal de estudiar la necesaria plena acomodación de
las normas jurídicas de la Obra -también las que requerirían después solicitar
actos de la Santa Sede- a su contenido espiritual y a sus finalidades
fundacionales. En realidad, siendo nuestro queridísimo Padre el Fundador y
Presidente General de la Obra -con plenitud de autoridad-, podía haber
realizado personalmente esa acomodación, sin contar con el consejo ni la
aprobación de nadie; de la misma manera que por sí mismo podría recurrir a la
Santa Sede para los cambios que se refiriesen al derecho común. Sin embargo,
nuestro Padre tuvo la extraordinaria delicadeza de querer escuchar el parecer
de sus hijas e hijos, y de empujarnos a una mayor oración y mortificación,
sintiendo la responsabilidad de amar y defender el Opus Dei. Por eso, todos los
que lo desearon pudieron enviar comunicaciones al Congreso.
39. Al comenzar la segunda parte del Congreso, en la sesión del 11 de
septiembre de 1970, los 192 Delegados que representaban a todos los miembros de
la Obra, aprobaron por unanimidad la siguiente conclusión:
«Teniendo en cuenta cuanto se acaba de exponer, y a la vez el deseo del
Concilio Vaticano II y de la Santa Sede de que se proceda a la revisión del
derecho particular de cada asociación de la Iglesia, respetando y siguiendo
cuidadosamente el espíritu del respectivo Fundador, así como las tradiciones
que constituyen el patrimonio espiritual de cada institución (cfr. Decr. Perfectae caritatis, n. 2; Motu pr. Ecclesiae Sanctae,
del 6-VIII-1966, II, art. 12, b), rogamos a nuestro Fundador que -en el momento
y en la forma que considere más oportunos- solicite nuevamente a la Santa Sede,
junto con una configuración jurídica de la Obra diversa de la de Instituto
Secular, la autorización para suprimir de nuestro derecho particular las normas
que se refieren a la profesión de los consejos evangélicos: de modo que se
termine de una vez el sufrimiento de nuestro Fundador, y de todos nosotros con
él, por la falta de correspondencia que actualmente existe entre esas normas
jurídicas propias del estado de «vida consagrada» que hubo que admitir por
motivos ajenos a nuestra voluntad, y la substancia teológica del carisma
fundacional del Opus Dei».
En esa segunda sesión, el Congreso General aprobó también unánimemente los
dos principios que os he citado anteriormente, por las mismas razones que -sin
cansancio- os estoy repitiendo a lo largo de esta carta.
40. En una audiencia privada, tenida el 25 de junio de 1973, nuestro Padre
informó al Papa Pablo VI de la buena marcha del Congreso General Especial. El
Papa escuchó con alegría esas noticias, y animó a nuestro Fundador a que
siguiera adelante, en vista de la definitiva solución jurídica del problema
institucional de la Obra. Pero, antes de que tuviera tiempo de preparar los
documentos para la nueva solicitud, nuestro Padre concluyó su trabajo en la
tierra, y el Señor se nos lo llevó al Cielo, para recibir el premio merecido y
continuar intercediendo allí -¡cómo lo estamos notando, hijos míos!- por la
Obra de Dios.
Movido por su espíritu profundamente previsor de Buen Pastor, y quizá
también porque el Señor le llevó a trabajar siempre con el más absoluto
desprendimiento de su persona, de modo que otros pudieran terminar la tarea, si
el Señor así lo disponía, nos decía con frecuencia en los últimos meses de su
vida frases como ésta, recogida en la tertulia de la noche en el Centro del
Consejo General, el 10 de diciembre de 1974:
no una, sino cien vidas que tuvierais, habéis de dar hasta que la Obra
alcance la solución jurídica definitiva. Con este propósito, aunque yo faltase
mañana, no os apartaréis del espíritu del Fundador, porque os lo he dejado
escrito cien veces: no podemos permitir que de alguna manera nos asimilen a los
religiosos.
Gestiones con los Papas
41. En septiembre de 1975, durante mi elección como sucesor de nuestro
amadísimo Padre, el Congreso General Electivo acordó unánimemente que fueran
continuados los trabajos necesarios para conseguir el definitivo estatuto
jurídico de la Obra, siguiendo fielmente las directrices fijadas para siempre
por nuestro Fundador y sus enseñanzas concretas en esa materia. En
consecuencia, vuestros hermanos Electores, en nombre de todo el Opus Dei,
siguiendo una sugerencia que hice sobre el tema, me rogaron que, de acuerdo con
los términos de la propuesta presentada a nuestro Fundador, pidiera a la Santa
Sede, cuando lo considerase oportuno, la anhelada solución jurídica definitiva.
No me pareció pertinente dar ningún paso en los primerísimos años de mi
mandato para evitar y prevenir posibles interpretaciones erróneas por parte de
quien no conociera cuánto había sufrido nuestro Padre a causa de este problema,
y cuáles habían sido siempre su espíritu, sus deseos y sus oraciones. Sin
embargo, en la primera audiencia que me concedió el Papa Pablo VI, el 5 de
marzo de 1976 -y lo mismo en la sucesiva, del 19 de junio de 1978-, sin pedir
nada -en espera de presentar formalmente la solicitud al competente Dicasterio
romano-, mencioné las deliberaciones del Congreso General Especial de la Obra
sobre este tema. Añadí también -en la primera de esas dos audiencias- mi
intención de dejar pasar algún tiempo, a no ser que el Santo Padre me mandase lo
contrario. Pablo VI se mostró de acuerdo con mi decisión, y me confirmó que la
«cuestión continuaba abierta». Lo mismo me repitió en la segunda audiencia, y
me animó ya a presentar la oportuna solicitud, siguiendo con fidelidad absoluta
el espíritu de nuestro Fundador y a la luz de los enriquecimientos aportados al
derecho general de la Iglesia por los Decretos conciliares. Con esa indicación
del Santo Padre, comenzaba la etapa decisiva de este iter jurídico,
pero Pablo VI murió dos meses más tarde, en agosto, antes de que me fuese
posible presentar la deseada solicitud.
42. En septiembre de ese mismo año de 1978, cerca ya del cincuenta
aniversario de la fundación de la Obra, al comunicar al nuevo sucesor de Pedro
esa fecha de nuestra historia, tuve que informar al Papa Juan Pablo I, recién
elegido, de nuestro problema institucional. El Santo Padre me respondió que era
su deseo que se procediera expeditamente a conseguir la ansiada solución
jurídica. Pero la repentina, y por eso más dolorosa, desaparición de Juan Pablo
I pareció como un nuevo dilata a nuestros deseos. ¡Dios
sabe más!, repetí muchas veces, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre.
Dos meses más tarde, el Papa actualmente reinante, Juan Pablo II, me
escribió el 15 de noviembre una carta autógrafa, para manifestarnos su cordial
participación en nuestra alegría y agradecimiento a Dios, por las Bodas de Oro
de la fundación de la Obra. Al transmitirme la carta, el entonces Cardenal
Secretario de Estado me comunicaba que el Santo Padre consideraba «una
improrrogable necesidad que se resolviese el problema del status jurídico
del Opus Dei».
43. Y continué inmediatamente las gestiones ya iniciadas. Hicimos nuestra
petición formal al Santo Padre que, el 3 de marzo de 1979, encargó a la Sagrada
Congregación para los Obispos el estudio necesario, con el fin de examinar la
posibilidad y las modalidades para erigir la Obra como Prelatura personal con
Estatutos propios.
Se han necesitado más de tres años y medio de trabajo denso e
ininterrumpido, de la Santa Sede y nuestro, para hacer este estudio porque,
entre otras cosas, era la primera vez que se erigía una Prelatura personal
según las condiciones del Concilio Vaticano II.
La cuestión fue estudiada por la Asamblea plenaria de la Sagrada
Congregación para los Obispos el 28 de junio de 1979. Después, intervino una
Comisión técnica que, en 25 sesiones de trabajo -del 27 de febrero de 1980 al
19 de febrero de 1981-, estudió todos los aspectos jurídicos, pastorales,
históricos, institucionales y de procedimiento de la cuestión. El fruto de esta
tarea -recogido en dos volúmenes con un total de 600 páginas- fue examinado por
una Comisión especial de Cardenales, designada por el Santo Padre, que emitió
su parecer el 26 de septiembre de 1981.
A continuación, la Santa Sede envió a los Obispos de todas las naciones
donde tenemos Centros erigidos una nota sobre las características esenciales de
la Prelatura, con el fin de informarles y permitirles hacer eventuales
observaciones, que fueron estudiadas atentamente, y contestadas, por la Sagrada
Congregación para los Obispos.
Posteriormente, el 23 de agosto de este año, el Santo Padre hizo el anuncio
oficial de su decisión de erigir el Opus Dei como Prelatura personal, después
de haber aprobado -el 5 de agosto de 1982, fiesta de la Virgen de las Nieves-
una Declaración de la Sagrada Congregación para los Obispos en la que se
explican los rasgos fundamentales de la nueva Prelatura. Finalmente, el Santo
Padre mandó que se erigiera la Prelatura con fecha 28 de noviembre de 1982,
primer Domingo de Adviento, y que se publicara este acto pontificio en las
vísperas de ese Domingo, es decir, en la tarde del sábado 27 de noviembre, que
coincide con una fecha tan querida por nuestro Padre: la fiesta de la Virgen de
la Medalla Milagrosa, aniversario de la muerte del Abuelo.
Así hemos llegado a la conclusión de este largo camino, tal y como había
deseado nuestro Fundador. Gratias Deo
super inenarrabili dono eius!.
¡Sean dadas gracias a Dios por su don inefable!
El nuevo «status»
44. En síntesis, nuestro nuevo status jurídico se puede
resumir de la siguiente manera:
1º la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei es una Prelatura personal, del
tipo de las Prelaturas «para el desempeño de especiales tareas pastorales» que,
dotadas de sus propios Estatutos, se prevén en los Documentos emanados por el
Concilio Vaticano II y en los sucesivos actos pontificios de aplicación. Por
tanto, no se ha concedido ningún privilegio a la Obra -no lo quería nuestro
Padre, ni lo queremos nosotros-, ni tampoco se ha creado ahora una nueva forma
jurídica exclusivamente para nosotros -aunque el Opus Dei sea la primera
institución a la que la Santa Sede ha erigido en Prelatura personal-; se nos
encuadra, por tanto, dentro de un derecho común que no existía en 1962 pero que
ahora ya vige;
2º nuestra situación no es la de una Prelatura nullius dioecesis, de carácter territorial; ni tampoco la de
una institución igual a las diócesis rituales de las Iglesias orientales o a
cualquier otro tipo de diócesis personal. Todas esas formas
jurídicas se basan en el principio de la completa independencia o exención
respecto a los obispos diocesanos, mientras que esto no sucede en nuestro caso:
tanto porque nunca lo buscó nuestro Padre, como porque jamás lo hemos solicitado,
aunque algunos -quizá por ignorancia- han propalado esa calumnia, y a los que
perdonamos de todo corazón.
Los nuevos Estatutos -que la Iglesia acaba de confirmar- son los que
preparó nuestro Padre con el Congreso General Especial, que aprobó unánimemente
todas las propuestas de nuestro Fundador. Esos Estatutos establecen lo mismo
que ya prescribía el ius peculiare de
la Obra, por el que nos hemos venido rigiendo hasta ahora, pero con las
oportunas variaciones, deseadas desde hace tantos años por nuestro Padre, como
ya antes os he explicado extensamente.
El nuevo vínculo
45. El cambio fundamental que recogen los actuales Estatutos consiste en
que, desde ahora, los fieles de la Prelatura -es decir, las hijas y los hijos
míos Numerarios, Agregados y Supernumerarios- continuarán dedicándose al fin
apostólico del Opus Dei, mediante un vínculo de carácter contractual. De esta
manera, no sólo queda asegurado perfectamente desde el punto de vista jurídico
el rasgo de la secularidad; sino que, además, resulta muy claro que los laicos
de la Obra están bajo la jurisdicción del Padre -del Prelado- y de los
Directores, en todo lo que se refiere al cumplimiento de los peculiares
compromisos ascéticos, apostólicos y formativos, que han asumido por medio de
ese vínculo, expresión de una vocación exigente, que informa enteramente
nuestra existencia. En lo demás, se encuentran en la misma situación
-eclesiástica y civil- que cualquier otro fiel cristiano.
Los sacerdotes del Opus Dei -que son los únicos que forman el clero o
presbiterio de la Prelatura- están incardinados en la misma Prelatura: por eso
son plenamente -no sólo de espíritu, sino también por su condición jurídica-
sacerdotes seculares en todas las diócesis donde estén. Los sacerdotes
Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no
forman parte del presbiterio de la Prelatura: se asocian a la
Obra -igual que lo están ahora: nada cambia-, movidos por nuestro mismo
espíritu y vocación divina, para recibir la específica ayuda de carácter
espiritual que les lleva a buscar la santidad personal en el ejercicio de su
ministerio, y manteniendo al mismo tiempo su dependencia canónica de los
respectivos obispos diocesanos.
46. La potestad del Padre -del Prelado u Ordinario propio de la Prelatura
del Opus Dei- es una potestad ordinaria de régimen o jurisdicción, que no
difiere substancialmente en su contenido de la que venía gozando hasta ahora,
aunque desde el punto de vista jurídico es conceptualmente distinta, ya que la
Prelatura es una entidad eclesiástica, diferente de los Institutos Seculares y
Religiosos, como lo es también de los simples Movimientos y Asociaciones de
fieles.
Como, por deseo expreso de nuestro Padre, se ha pedido que se conserven
inalteradas todas las normas que venían regulando las relaciones de la Obra con
los obispos diocesanos -y así lo ha aprobado el Romano Pontífice-, para erigir
un Centro nuestro seguiremos solicitando siempre la autorización previa del
Ordinario del lugar, y los sacerdotes Numerarios continuarán precisando de las
licencias del Obispo diocesano, necesarias para ejercer su ministerio con las
personas que no pertenecen a la Obra, etc.
Reforzada la unidad de la Obra
47. Hijas e hijos míos, uníos con toda el alma a mi inmensa alegría y a mi
profundo agradecimiento, al contemplar realizados los deseos de nuestro Padre,
tal y como nuestro Fundador los veía en ejecución de la Voluntad de Dios.
Pensad que, con la erección de la Obra en Prelatura personal y con la
aprobación inmediata de sus Estatutos por parte del Santo Padre, además de las
ventajas de orden jurídico que os he comentado, se ha confirmado y reforzado,
con una normativa aún más sólida y segura, la unidad jurídica de
la Obra -de los sacerdotes y laicos, y de las dos Secciones- bajo la dirección
y régimen del Padre, como Prelado Ordinario, con potestad de jurisdicción.
Esa unidad jurídica, por basarse hasta ahora en un privilegio concedido por
la Santa Sede -pues se trataba de una absoluta novedad en el derecho de la
Iglesia-, podía verse amenazada por ataques externos, y de hecho nuestro Padre
tuvo que defenderla en varias ocasiones, con paciente y heroica energía,
con fortaleza de santo, con sangre y padecimientos, bajo la
protección poderosísima de la Santísima Virgen.
Por este motivo acudió a Loreto, el 15 de agosto de 1951, para poner bajo
el amparo del Corazón Dulcísimo de María este bien precioso que es la unidad de
la Obra. Escuchad lo que nuestro Padre nos repetía, refiriéndose a aquellos
intensos momentos de la vida de la Obra:
Invocad a la Virgen Santísima con esta jaculatoria: Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum! Es un
grito filial que me venía constantemente al corazón y a la boca, en unos
momentos muy concretos de la historia de nuestra Obra; algún día, cuando yo ya
no esté aquí, lo sabréis… Querían romper esta bendita unidad de las dos
Secciones, que era lo mismo que partirme el alma… No teniendo a quien recurrir
aquí en la tierra, acudí a nuestra Madre del cielo, para que las dos Secciones
de la Obra sigan siempre como dos borriquillos tirando del mismo carro divino
adelante por un camino seguro que se va abriendo con la suave violencia de las
obras de Dios… No olvidéis, hijos, que la seguridad de ese camino depende
también de vosotros, del empeño que pongáis en ser fieles, en ser santos.
Confirmada la secularidad
48. Junto con esa fortalecida unidad jurídica, de organización y de
régimen, se han reconfirmado y protegido para siempre nuestro espíritu y
ascética netamente seculares, y los modos específicos propios del apostolado
del Opus Dei. Al dejar de ser de hecho y de derecho Instituto Secular, y al no
estar ya bajo la dependencia de la Sagrada Congregación de Religiosos, se evita
el grave peligro de que, con el pasar del tiempo, y más aún
faltando nuestro Fundador, fuésemos asimilados poco a poco a los religiosos o
personas equiparadas, a las «personas consagradas», como de hecho ha sucedido
con otras instituciones a lo largo de la historia de la Iglesia. Esta
posibilidad era otro de los motivos de inquietud de nuestro Padre. Mirad lo que
escribía en 1962:
Para mí, además, esa fortaleza en la petición confiada no es sólo un
problema de fidelidad hacia el querer divino, sino también de justicia hacia
vosotros todos. Porque vosotros habéis venido a la Obra, os habéis comprometido
a dedicaros plenamente al fin apostólico y santificador del Opus Dei, abrazando
una vocación completamente distinta de la vocación religiosa (…).
Antes de admitiros en la Obra, también por razón de justicia, a cada uno de
vosotros se os explicó bien -para que vuestra decisión fuera consciente y
libre- que no ibais a ser religiosos ni personas equiparadas a los religiosos.
Se os dijo que conservaríais en todo vuestra íntegra personalidad y vuestra
condición de laicos corrientes, que en nada ibais a ser segregados o separados
de los demás hombres, que están en el mundo y son iguales a vosotros; que, al
venir al Opus Dei, no cambiaríais de estado, sino que continuaríais con el que
tuvierais; y que vuestra vocación profesional y vuestros deberes sociales
seguirían siendo parte integrante de la vocación divina que habíais recibido.
49. Al quedar perfectamente clarificada y ratificada la identidad
espiritual y jurídica de la Obra, se favorece también -y se facilitará
enormemente: ya lo veréis, hijos míos- toda nuestra actividad apostólica
personal y colectiva. Porque ya no será necesario dar continuas
explicaciones de lo que no somos: ¡cuántas veces hemos debido
hacerlo, y cuántas energías hemos gastado en esa hasta ahora forzosa labor!
Pero, sobre todo, porque podremos cumplir así, con mayor agilidad y eficacia,
la misión específica que el Señor quiere que realicemos al servicio de la
Iglesia universal y de las Iglesias locales.
Dejadme que os lo repita, hijas e hijos míos, porque se trata de una
realidad fundamental: gracias a esta nueva y grande misericordia divina, quedan
definitivamente salvaguardados y se refuerzan -con un grado aún mayor de
estabilidad garantizado por la Santa Sede- nuestro espíritu, nuestro régimen y
nuestro apostolado: tal como los esculpió nuestro Fundador en
los Estatutos, que son y serán siempre santos, perpetuos e inviolables.
50. De ahora en adelante, por tanto, al incorporarse a la Obra por la
Oblación o la Fidelidad, cada uno se compromete a vivir nuestro espíritu y
nuestro derecho, y todas las virtudes propias de nuestra vocación de cristianos
corrientes, mediante una declaración formal de carácter contractual. Ya no se
harán los antiguos compromisos previos, que eran algo añadido innecesariamente,
ajenos a nuestra vocación.
Aunque todos lo tenéis muy claro, os recuerdo que la dedicación a cumplir
los fines de la Obra sigue siendo, como hasta aquí, plena y completa. El
vínculo que adquirimos con el Opus Dei -que tiene ahora una naturaleza
teológica distinta al de los religiosos- continúa siendo igualmente pleno,
mutuo y, con la Fidelidad, definitivo. Las obligaciones, tanto en la
conciencia, como en el fuero externo, se mantienen todas y las mismas que
estableció nuestro Padre: no hay la mínima disminución o aflojamiento de la fuerza
de los compromisos que libremente hemos aceptado en el momento de la Admisión,
de la Oblación o de la Fidelidad. En todo caso, nuestra actitud ha de hacerse
más exigente, porque se ha cumplido lo que el Señor manifestó e hizo ver a
nuestro santo Fundador en aquel 2 de octubre de 1928, y los 14 de febrero de
1930 y de 1943.
51. Cada uno en su propio estado, en el ejercicio de la propia profesión u
oficio, en medio del mundo, al que amamos, se compromete a dedicarse en el Opus
Dei al servicio del Señor y, por El, al servicio de las almas sin exceptuar
ninguna. Y seguiremos sintiendo, en toda su plenitud: la responsabilidad y la
exigencia -firme y gustosa, por amor de Dios- de luchar por alcanzar la
santidad según el espíritu del Opus Dei, santificando el trabajo y las demás
realidades ordinarias de la vida de cada uno; el deber de entregarnos
abnegadamente a las almas; la obligación de cultivar y de defender el espíritu,
el derecho y los modos apostólicos de la Obra.
¡Comprometidos! ¡Cómo me gusta esta palabra! Nos obligamos -libremente- a
vivir dedicados al Señor por entero, queriendo que El domine, de modo soberano
y completo, nuestro ser. Puede costar trabajo ese «compromiso», pero incluso
entonces la fidelidad es una obligación gustosa, que no hemos de eludir, aunque
exija dejar la vida, aunque suponga sacrificio y esfuerzo. Porque Dios nos
necesita fieles.
Delante de Dios, de la Obra y de nuestra conciencia, nos empeñamos en ser
contemplativos en medio del mundo, esforzándonos por adquirir esa unidad de
vida,
sencilla y fuerte, que nos lleva a purificar todas las acciones, a
elevarlas al plano sobrenatural y a convertirlas en instrumento de
santificación y de apostolado.
Hija mía, hijo mío: cada día ha de ser más vivo el deseo de enamorarte de
Dios -en un celibato apostólico vibrante, con el corazón indiviso, los
Numerarios y Agregados-, con el fin de que la caridad de Dios se vierta en un
amor efectivo por todas las almas, y en primer lugar, como es lógico, por tus
hermanos. La filiación divina, sentida y buscada constantemente, te ha de mover
a un trato de hijo con nuestro Padre Dios, y a una tierna devoción a Santa
María, por medio del cumplimiento esmerado de nuestras Normas y Costumbres.
El Opus Dei es fruto de la oración, y sólo con oración seguirá saliendo
adelante. Por eso, os insisto en que seáis muy piadosos, sin miedo a que se
note. Rogad a Dios que os aumente cada día la piedad, para que sea más sincera,
más honda, más recia.
52. Nos hemos de empeñar, hijas e hijos míos, en una vida de intenso
trabajo, bien acabado en sus menores detalles, ofrecido a Dios con rectitud de
intención, cumpliendo fielmente las precisas disposiciones recogidas en nuestro
Derecho para que la labor de cada uno tenga toda la eficacia que la Iglesia
espera y el mundo necesita.
Tratad de convertir cada jornada en una Misa, uniendo las incidencias
cotidianas -las alegrías y las penas, el cansancio y el entusiasmo, el éxito y
el aparente fracaso, las contrariedades y los frutos de nuestra labor- a la
Pasión redentora de Jesús.
Cuando luchamos por ser verdaderamente ipse Christus, el
mismo Cristo, entonces en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino.
Todos nuestros esfuerzos -aun los más insignificantes- adquieren un alcance
eterno, porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz.
Nos decía nuestro Padre, en un Círculo Breve, el 25 de abril de 1971,
refiriéndose a la solución jurídica definitiva:
así veo el futuro, cuando sin bajar de la Cruz, tengamos los pies en el
suelo: en el suelo de un derecho propio adecuado, que después de 43 años aún no
hemos conseguido. Pero no lo olvidéis: aun entonces, no convendrá que bajemos
de la Cruz.
Sí, hijos míos, debemos contar siempre con la oración y con la
mortificación, amando la Cruz de Cristo, como armas principales para el combate
de los hijos de Dios. Procuremos ahondar en la humildad personal y en la
humildad colectiva, que tan delicadamente encarnó nuestro Padre; procuremos
andar este camino con un desprendimiento total de los bienes de la tierra, tal
como se vivió desde el primer momento en la Obra; y esforcémonos en amar con
obras la virtud de la más fina docilidad a la Voluntad de Dios, dispuestos a
atender y secundar con puntualidad, prontitud y delicadeza las indicaciones de
los Directores, como manifestación del deseo de identificarnos en todo momento
con la divina Voluntad.
53. Hemos llegado, con la gracia de Dios, con la intervención directísima
de nuestro santo Fundador, a la solución jurídica definitiva. Y, precisamente
porque el camino se acomoda ya a las exigencias de nuestra vocación, quiero
recordaros unas palabras de nuestro Padre, que serán siempre actuales, y que
hemos de encargarnos todos, personalmente, de que resuenen en nuestras almas y
en las de los que vengan detrás. Nos decía: si alguno no está
plenamente decidido a luchar para ser santo, ¡que se marche!
Hijas e hijos míos, hablo a cada una, a cada uno, apelándome a su sentido
de responsabilidad ante Dios, ante la Iglesia, ante la Obra, ante las almas de
sus hermanas, de sus hermanos, ante las almas de toda la humanidad: se necesita
que tu respuesta diaria a los compromisos que te unen a esta Obra de Dios sea
plena; es decir, quiere el Cielo que te percates de que has de vivir tu
vocación con una mayor exigencia, porque este cambio que el Señor nos ha
conseguido -era su Voluntad desde aquel 2 de octubre de 1928- nos ha colocado
en las condiciones ideales para vivir genuinamente la llamada, y hemos de
corresponder con todo nuestro esfuerzo de enamorados a la generosidad divina,
recordando aquellas palabras que el Señor se dignó hacer oír a nuestro Padre en
el fondo de su alma: obras son amores y no buenas razones.
54. Como, con la gracia de Dios, estamos decididos a luchar para ser
santos, y no queremos marcharnos, desertar de este camino, hemos de
convertirnos; ha de hacerse realidad aquel ¡más, más, más!, que
tanto predicó nuestro Fundador.
Más piedad, en tu vida interior, de forma que sea muy honda tu intimidad con Dios;
más docilidad en la vida interior, de modo que en cualquier instante, puesto que
nuestra formación no termina nunca, quien lleve nuestra alma pueda apretar,
sajar, corregir, empujar, cambiar, todo lo que sea necesario, permaneciendo
activamente cada uno de nosotros sicut
lutum in manu figuli;
más desprendimiento de las cosas mundanas, sin confundir
nuestro deber de estar en el mundo con el aburguesamiento, con el mariposeo,
con la frivolidad;
más mortificación, externa e interna, porque hemos de hacer o de
intentar hacer, todos los días, un Crucifijo de nuestro cuerpo;
más sinceridad ante Dios, ante los Directores, cada uno
ante su propio yo, tanto para ahogar las rebeldías que pudieran asaltarnos,
como para que no quede sin desempolvar ningún rincón de nuestra alma;
más apostolado, de modo que, como quería nuestro Padre, porque ésa era la Voluntad de
Dios, nadie que pase a nuestro lado se quede indiferente;
más sobriedad, con afán exigente de no tener necesidades, pasando por esta tierra
con la templanza que practicó el Hijo de Dios, y que tan bien imitó nuestro
Padre;
más renovar la entrega cada día, estando dispuestos a abandonar por
Dios, por la Iglesia, por la Obra, por las almas, cualquier actividad que
tengamos entre manos.
Así podría continuar, hijas e hijos míos, enumerándoos tantos detalles de
lo que es la vocación de Amor en el Opus Dei; esa vocación que ahora,
externamente, ha adquirido los contornos netos que el Señor quería. Por eso,
insisto, si alguno no está decidido a mejorar, ¡que se marche! porque
nos hace daño; mejor dicho, hace daño a los planes de Dios.
55. No penséis que os pido mucho. Tenemos capacidad de conseguir lo que os
acabo de indicar, porque ha sido el Señor el que nos ha elegido. Nos ha dicho
que todo lo suyo es nuestro y todo lo nuestro es suyo; y El
es capaz de allanar las montañas, de colmar los valles, de convertir el barro
en colirio de salvación para nosotros y para los demás.
Dios, hija mía, hijo mío, te ha puesto en el Opus Dei, en estos
momentos, con tuerca y contratuerca. Ha querido que, a pesar de tus
miserias personales -y a mí, de las mías- seas luz que ilumines, punto de
referencia para los demás; y te da sus gracias abundantes. Por eso, te conjuro
delante de Dios, con la fuerza de la intercesión de nuestro Padre: custodia
este camino con una lucha muy exigente, porque es camino de Dios que te llevará
al Cielo; y porque has de mantenerlo en su integridad, para que otros millares
de almas puedan seguirlo, con la certeza de que les dejamos, marcado con
nuestras vidas, el camino de santidad alegre que Dios ha abierto con el Opus
Dei.
La obra del Espíritu Santo
56. Hijos míos, al echar un vistazo, como acabamos de hacer, a tantos
motivos que se nos ofrecen para ser agradecidos y perseverar en una continua
acción de gracias, habréis considerado que toda esta constante y operosa
actividad de Dios, en el alma de nuestro Padre y en la Obra, confluye y se
resume en una acción santificadora. Todo lo ha conducido el Señor, para
enseñarnos a ser buenos amigos suyos, para que nos santifiquemos. Y la
actividad santificadora, meditadlo, se atribuye al Espíritu Santo. Verdaderamente,
El ha sido el conductor. El Espíritu divino es quien
ha derrochado en nuestro Fundador y en la Obra este gran caudal de gracias
operativas, que ahora están en las manos nuestras.
Por esto, veo muy claro que nuestra gratitud a Dios, por cuanto hemos recibido,
se ha de concretar en un decidido empeño por conocer mejor, tratar y amar al
Espíritu Santo. Hemos de entrar todos, más intensamente aún, por caminos
verdaderamente espirituales, por caminos de intensa vida interior,
que nos descubren dentro del alma la morada y acción poderosa del Espíritu
Santo. Y desde ahí hemos de emprender la marcha con un paso de amor confiado,
de amistad, con una disponibilidad total a la acción de Dios, porque en esta
disponibilidad a los planes divinos se concreta la característica específica de
las almas que tratan al Espíritu Santo: el Gran Desconocido ha de ser para
nosotros el Gran Amigo; con El haremos divinos los caminos de la tierra.
Para lograrlo, os aconsejo que os acerquéis mucho a Santa María y a San
José, grandes amigos de la Trinidad, los que mejor supieron secundar las
inspiraciones del Espíritu Santificador, y los que más perfectamente
recorrieron su camino tal como Dios quería.
57. Ahora, pues, que el Señor nos pide un gran salto de calidad en nuestra
vida espiritual, tened el convencimiento de que el camino pasa por la etapa
siempre precisa de frecuentar más intensamente al Huésped de nuestra alma; y,
con el Paráclito, crecerá copiosamente la eficacia de frutos en vuestra vida
personal, en vuestro apostolado, en las personas que os rodean, en vuestro
ambiente familiar y social.
Me resulta evidente, hijos míos, que este entendimiento de intimidad y de
amor con el Espíritu divino ha de connotar fuertemente nuestros pasos, si
deseamos ser fieles a nuestra vocación. Así ha sucedido en el caminar de
nuestro Padre, que entrañaba una respuesta constante de heroica docilidad a la
acción del Espíritu Santificador; así ha de ocurrir en nuestras almas, ahora,
cuando tocamos más de cerca la responsabilidad de hacer rendir abundantemente
el espíritu que nuestro Fundador nos ha transmitido.
Buscad, pues, al Huésped divino en el centro de vuestra alma, conversad con
El y escuchadle. Pedidle luces para todo lo que tengáis que realizar cada día,
de modo que todo lo realicemos según el Espíritu de Dios. Suplicadle que opere
en vuestra voluntad, para que os mostréis enteramente fieles a sus mociones. Rogadle que inflame vuestros corazones –ure igne
Sancti Spiritus renes nostros
et cor nostrum, Domine!-,
para que vibremos en Amor de Dios y en amor a la humanidad.
Nos llenaremos así de la infinita caridad y misericordia de Dios con los
hombres. Este trato más intimo y constante con el
Espíritu Santo nos llenará de luces y nos colmará de su caridad: una caridad
proselitista, que se traduce en ansias de pegar a los demás este fuego de amor.
El Espíritu Santo desea encontrar en nosotros los instrumentos dóciles, para derramar
sus dones en muchas otras almas que nos esperan. Entregaos, pues, a la gracia,
para que el Espíritu Santo pueda lucirse en vuestra vida, convirtiéndola en un
foco ardiente de caridad.
Bajo la protección de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad ponemos,
pues, todos los pasos del Opus Dei al servicio de la Iglesia. A El nos confiamos enteramente, para que todo nuestro caminar
sea según el Espíritu de Dios. A El nos entregamos,
con el afán de la fidelidad enteriza con que se entregó nuestro Padre, para que
seamos de verdad Opus Dei, cada uno de nosotros.
Año de acción de gracias
58. Como ya os han comunicado de mi parte, deseo que, durante todo lo que
queda de este año 1982 hasta el 31 de diciembre de 1983 -un año de acción de
gracias, para nosotros- mis hijos sacerdotes y seglares, con entera libertad y
siempre que les sea posible, ofrezcan la Santa Misa y la Comunión, el Rosario,
el trabajo y las mortificaciones, en agradecimiento por tantos beneficios que
la Bondad de Dios nos ha otorgado. Cuando los sacerdotes tengan ocupada la
primera intención de su Misa, ofrecerán la segunda en acción de gracias.
Con este mismo espíritu de gratitud haréis, al menos, tres romerías a
Santuarios de Nuestra Señora. La primera la habréis realizado ya, al leer esta
Carta. Os recuerdo que otra, si es posible, la hagáis durante los días en que
este pobre hombre, ahora vuestro Padre, se encuentre en México; pues es mi
intención ir a postrarme a los pies de la Virgen de Guadalupe en hacimiento de
gracias, porque escuchó la oración filial de nuestro Fundador en el viaje
romero de mayo de 1970. Os encarezco que, en esas romerías, os unáis de una
manera muy particular a mis intenciones.
59. Aunque me consta que, mientras el Señor os dé vida, todos los días
acudiréis a nuestro Padre para que, con su intercesión, os ayude a realizar
siempre y en todo momento el Opus Dei, os he rogado también que, privadamente,
cada uno de vosotros haga una novena a nuestro queridísimo Fundador, en acción
de gracias, encomendándole que nos consiga de Dios una fidelidad
proselitista cada vez más firme y ardiente.
El pulso de nuestro amor a Dios y a la Iglesia y a nuestra santidad, nos decía nuestro
Padre, son -para nosotros- las vocaciones que provocamos: el
proselitismo. ¿Hay vocaciones?: vamos bien. ¿Hay pocas vocaciones?: no vamos
bien. ¿Hay muchas, muchas vocaciones?: vamos muy bien. Es preciso moverse,
romper esa costra de comodidad que a veces nos detiene. No se puede estar
pasivo; es necesario meterse en la vida de los demás, como Cristo se ha metido
en la vida tuya y en la mía.
Pedigüeños y agradecidos
60. Hijas e hijos míos, cumplid estas indicaciones con el mayor fervor de
vuestro corazón, que ha de ser siempre -como el de nuestro Padre- un corazón
pedigüeño y agradecido. Estad seguros de que nuestra gratitud filial agrada
mucho a Dios, pone muy contento a nuestro Padre, y nos atraerá abundantes
gracias del Espíritu Santo para toda la Obra y las labores apostólicas.
Añadid con generosidad lo que a cada uno le dicte su devoción personal:
esforzaos más, si cabe, en aprovechar la Santa Misa, con todo el sentido y fin
eucarístico que encierra el Santo Sacrificio, y repetid las jaculatorias de
acción de gracias que rezaba nuestro Padre.
61. Antes de terminar, quiero recordaros de nuevo que hemos pasado años
rezando por la intención que acabamos de ver hecha realidad, y que hemos pedido
oraciones y sacrificios a muchísimas personas. No dejéis ahora de decir a
vuestras familias, a vuestros conocidos, a vuestros amigos, que nos ayuden a
dar gracias; y añadidles que nos esforzaremos en pagar su colaboración, rezando
cada día con inmenso cariño y agradecimiento por ellos. Nuestro Padre lo hizo
siempre y lo hará desde el Cielo. No me cabe la menor duda de que todos
vosotros y yo nos esforzaremos para imitarle también en esto. De paso, seguid
pidiéndoles la ayuda de la oración, porque así se ha desarrollado y continuará
desarrollándose la Obra de Dios.
Hijas e hijos queridísimos –decía nuestro Fundador-, daos
cuenta de tantas cosas como el Señor, la Iglesia, la humanidad entera esperan
del Opus Dei, que es todavía casi como una semilla escondida en el surco;
percataos de toda la grandeza de vuestra vocación y amadla cada día más,
decididos a ser el instrumento que el Señor necesita, con optimismo, con
alegría, con sentido sobrenatural.
62. Hijos, yo deseo que, como parte de vuestro agradecimiento, incluyáis en
vuestra alma la oración y el cariño más intensos por el Papa Juan Pablo II, que
con tanto interés ha acogido la petición nuestra y que con tan gran amor sigue
el trabajo de la Obra en servicio de la Iglesia.
Acompañad mucho al Papa, para que no se encuentre solo en esta hora, tan
grave, de la Iglesia y del mundo. Pedid al Espíritu Santo que le colme de sus
dones y que pueda contar siempre con fieles y leales colaboradores.
Y pedid también especialmente por quienes en la Curia Romana han participado
en estos años de nuestro afán por ser fieles a la herencia de nuestro Padre, y
nos han comprendido, defendido ante las persecuciones y ayudado con sus
oraciones y su trabajo.
63. Meditad mucho -al considerar lo que os he escrito en esta Carta- en la
virtud de la fidelidad: justicia y lealtad con Dios que nos ha llamado y, por
El, con la Iglesia entera y con sus Pastores, con la Obra, con vuestros
hermanos, con las almas todas.
Hijas e hijos míos, todos hemos de sentir mas
urgente y acuciante la necesidad de corresponder y -con la gracia de Dios, que
ya veis que no nos falta nunca- de vivir con entrega absoluta nuestro
compromiso de Amor, para hacer el Opus Dei, siendo cada uno Opus Dei.
Ut in gratiarum semper actione maneamus! Os bendice
vuestro Padre
Alvaro
Roma, 28 de noviembre, primer Domingo de Adviento de 1982